EL CASO LIZZIE BORDEN: LA MASACRE DEL HACHA DE FALL RIVER QUE CONMOCIONÓ AL MUNDO
Clasificación: Caso Abierto / True Crime
Autor e Investigación: José Moreno Jiménez
Fecha de Documentación: 24 de septiembre de 2026
La mañana del 4 de agosto de 1892, un calor sofocante envolvía la localidad de Fall River, en Massachusetts. Tras los muros del número 230 de Second Street, una vivienda sobria y austera pese a la inmensa fortuna familiar, se consumó uno de los crímenes más brutales y desconcertantes de la historia criminal estadounidense. En menos de dos horas de diferencia y a plena luz del día, dos personas fueron brutalmente mutiladas con un arma cortante y pesada. La primera víctima fue Abby Borden, la madrastra de 64 años. Subió a la habitación de invitados de la planta superior para hacer la cama entre las 9:00 y las 10:30 de la mañana. Su agresor la sorprendió de frente antes de descargar diecinueve golpes demoledores en la cabeza y el cuello, la mayoría asestados por la espalda una vez que cayó tendida boca abajo en un charco de sangre. La autopsia determinó que el ataque fue implacable y con una violencia desmedida. Poco después de las once, Andrew Borden, de 70 años y respetado banquero de la ciudad, regresó a su domicilio tras su paseo matinal. Se acomodó en el sofá del salón de la planta baja para descansar. Jamás llegó a despertarse: recibió entre diez y once impactos directos en el cráneo y el rostro mientras dormía plácidamente de lado, dejándolo irreconocible. El reloj y las heridas confirmaban que el asesino no se marchó tras la primera muerte; esperó pacientemente en el interior de la vivienda durante más de una hora para liquidar a su segundo objetivo. La voz de alarma la dio la hija menor de Andrew, Lizzie Borden, de 32 años. Con aparente frialdad, gritó a la sirvienta familiar, Bridget Sullivan: «¡Maggie, baja deprisa! ¡Alguien ha matado a padre!». Cuando los vecinos y la policía acudieron a la escena, las sospechas recayeron de inmediato sobre ella. La vivienda estaba cerrada con llave, no faltaban objetos de valor ni dinero en efectivo, y en el granero trasero no había rastro de ladrones ni intrusos. Las inconsistencias en las declaraciones de Lizzie fueron abrumadoras. Aseguró que durante el asesinato de su padre había subido al altillo del granero a comer peras y buscar plomos para pescar, pese a que la policía no halló pisadas en el espeso polvo del suelo. Días antes, un farmacéutico local declaró que la joven intentó comprar ácido prúsico (un potente veneno letal), alegando que quería limpiar una capa de piel de foca. Además, días después de los entierros, Lizzie fue sorprendida por una amiga quemando en la estufa de la cocina un vestido de algodón, según ella porque estaba manchado de pintura marrón. En el sótano, la policía descubrió la cabeza de un hacha de mano sin mango, cubierta deliberadamente de cenizas para ocultar posibles manchas biológicas. Pese a las evidencias circunstanciales y a su detención preventiva, el juicio celebrado en junio de 1893 culminó con un veredicto de «no culpable». La sociedad conservadora de la época era incapaz de concebir que una mujer devota y de alta alcurnia pudiera empuñar un hacha con semejante salvajismo. Lizzie heredó la inmensa fortuna paterna y vivió en el pueblo hasta su muerte en 1927. Oficialmente, la masacre de Fall River sigue impune. Si te ha gustado este caso, no te puedes perder nuestro expediente sobre EL ASESINATO DE ARLIS PERRY, donde analizamos otro fascinante misterio de nuestros archivos.
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