EXPEDIENTE: EL SUSPIRO EN LA CINTA VIRGEN (1989) – PARTE I: EL EXPERIMENTO Y EL FUEGO
Clasificación: Relato del Administrador
Autor e Investigación: José Moreno Jiménez
Fecha de Documentación: 18 de octubre de 2026
Corría el invierno de 1989. Por motivos laborales, en aquella época me encontraba trabajando temporalmente lejos de mi tierra. Aquella madrugada, fría y cerrada como pocas, me tocaba cubrir el turno de noche junto a un compañero en un viejo recinto situado a las afueras. El trabajo era rutinario y solitario: mientras él salía de vez en cuando a dar una ronda por los exteriores acompañado de un perro que teníamos allí, yo me quedaba al cargo del cuarto de control de la entrada. Para matar las horas de la madrugada teníamos puesta la radio. En la Cadena SER sonaba la sintonía inconfundible de Medianoche, el mítico programa del maestro Antonio José Alés. Aquella noche estaban tratando a fondo el fenómeno de las psicofonías: las misteriosas inclusiones de voces de origen desconocido en cintas magnéticas. Entre el frío de la calle, la penumbra del cuarto y los testimonios de la radio, la curiosidad nos pudo. Miré a mi compañero y le lancé la propuesta: —¿Y si probamos nosotros a ver si sale algo? Como yo vivía a tan solo unos minutos de allí, aproveché un momento tranquilo para acercarme a mi casa y traer una cinta de casete completamente virgen que había comprado el día anterior, aún con su envoltorio intacto. En el cuarto de control teníamos un radiocasete corriente, pero queríamos hacer la prueba con total rigor para que nada nos engañara. Desconectamos la emisora interna para evitar cualquier interferencia de radiofrecuencia, desenchufamos incluso el teléfono fijo de la pared, metimos la cinta nueva y pulsamos la tecla roja de grabación (REC). Cerramos la puerta del cuarto tras nosotros, dejando el aparato grabando en el más absoluto silencio, y nos salimos a la intemperie a fumarnos un cigarro mientras pasaban unos diez minutos. Al entrar de nuevo en la estancia, paramos la máquina, rebobinamos la cinta hasta el principio y le dimos al Play, pegando la oreja al altavoz. Nada más arrancar, escuchamos algo muy extraño: de fondo sonaba un murmullo claro de voces infantiles, exactamente igual que el bullicio de unos niños jugando en el patio de un colegio durante el recreo, algo totalmente imposible a esas horas de la madrugada. Sin embargo, queriendo ser lógicos, no le dimos mayor importancia; pensamos que sería algún extraño roce del motor del aparato al arrancar. Tras aquello, solo quedó el silencio y el siseo característico de la cinta virgen corriendo por el cabezal. Pasaron dos minutos. Luego tres. Cuando ya estábamos a punto de apagarlo convencidos de que allí no iba a salir absolutamente nada, se escuchó primero un chasquido seco. Y acto seguido, con una nitidez aterradora, como si alguien hubiera pegado los labios directamente a la rejilla del micrófono en la habitación vacía, brotó una exclamación profunda y gutural: «¡Uaaaaaaaaahhhh!» No era un grito de dolor, sino un sonido larguísimo y estremecedor, exactamente igual que la exhalación de alivio de alguien que lleva días muerto de sed en el desierto y acaba de beberse de golpe un vaso de agua helada. Mi compañero y yo nos miramos y, sin decir ni una palabra, salimos corriendo a la calle. Estábamos blancos como el papel, temblando y con el corazón en la garganta. El aparato seguía encendido allí dentro y ninguno de los dos tenía valor para cruzar la puerta y apagarlo, pero la obligación mandaba: estábamos de turno y no podíamos dejar el puesto abandonado. Armándonos de valor, entramos de nuevo. Nuestra mente buscaba desesperadamente una explicación racional: miramos las paredes, revisamos los rincones y nos intentamos convencer de que tenía que haber sido el aire en las viejas tuberías o un fallo de fábrica en aquel punto exacto de la cinta. Para quedarnos tranquilos y demostrar que todo tenía una explicación física, decidimos hacer la prueba definitiva: rebobinamos el casete hasta el principio para grabar encima y borrar lo anterior. Repetimos la operación al milímetro. Todo desconectado, puerta cerrada, diez minutos en la calle fumando otro cigarro con los nervios a flor de piel. Al volver a entrar y reproducir la segunda grabación, comprobamos perplejos el primer cambio: el sonido de los niños en el recreo del principio había desaparecido por completo; ahora solo había ruido blanco. Aguantamos la respiración al llegar al minuto tres... y no sonó nada. Respiramos aliviados, casi sonriendo, creyendo que habíamos demostrado que lo anterior había sido un simple ruido fortuito de las cañerías. Pero dejamos seguir corriendo la cinta. Y al llegar aproximadamente al minuto siete, el mismo chasquido seco volvió a romper el siseo del altavoz y aquella misma voz, pegada al micrófono, volvió a repetir exactamente la misma exhalación profunda: «¡Uaaaaaaaaahhhh!». No era un defecto de la cinta en el minuto tres; aquello seguía allí dentro y había vuelto a grabarse más adelante. Volvimos a salir disparados hacia el frío de la calle, completamente aterrorizados. Cuando por fin logramos entrar por la fuerza de la obligación a parar el radiocasete, saqué la cinta con los dedos temblorosos y se la tendí a mi compañero: —Llévale tú esto, porque yo esta cinta no la meto en mi casa ni loco. Él dio un paso atrás, pálido, y me contestó tajante: —En la mía tampoco entra eso. Estábamos tan asustados por lo que acababa de colarse en aquel plástico que tomé una decisión drástica. Abrí el botiquín de emergencias del cuarto, cogí el bote de alcohol sanitario, salimos al exterior, rocié la cinta de casete y le prendí fuego. Vimos cómo el plástico negro y la cinta magnética se retorcían entre las llamas azules hasta convertirse en un amasijo de ceniza, creyendo ingenuamente que con el fuego habíamos cerrado la puerta. Nunca más en mi vida volví a intentar grabar una psicofonía. Pero lo peor no fue lo que escuchamos aquella madrugada, sino todo lo que empezó a ocurrirme justo después de quemar aquella cinta... (Continuará en la Parte II) Si te ha gustado este caso, no te puedes perder nuestro expediente sobre EL BAUL DEL MONJE, donde analizamos otro fascinante misterio de nuestros archivos.