EXPEDIENTE: EL SUSPIRO EN LA CINTA VIRGEN (1989) – PARTE II: LA PUERTA QUE EL FUEGO NO CERRÓ
Clasificación: Relato del Administrador
Autor e Investigación: José Moreno Jiménez
Fecha de Documentación: 18 de octubre de 2026
Cuando aquella madrugada de invierno de 1989 vimos arder la cinta de casete bajo las llamas azules del alcohol sanitario, mi compañero y yo respiramos aliviados. En nuestra ignorancia, creímos que al reducir a cenizas aquel plástico magnético habíamos destruido también lo que quiera que hubiese pronunciado aquel estremecedor «¡Uaaaaaaaaahhhh!» pegado al micrófono. Qué equivocados estábamos. No habíamos cerrado ninguna puerta; simplemente nos habíamos traído el fenómeno con nosotros. A partir de aquel mismo día, mi vida cotidiana se convirtió en el escenario de una serie de sucesos inexplicables que se prolongaron durante dos larguísimos años. Lo que empezó en aquel cuarto de control se trasladó directamente a mi propia vivienda. El primer síntoma fue eléctrico: las luces de mi casa comenzaron a encenderse solas a cualquier hora, sin que nadie tocara los interruptores. Al principio intentas convencerte de que es un fallo en la instalación o un despiste tuyo, pero pronto los fenómenos pasaron a ser puramente físicos y violentos. Uno de los episodios que más grabado se me quedó en la memoria ocurrió en la cocina. Yo estaba en otra estancia de la casa cuando, de repente, escuché un estruendo metálico seco y fortísimo que venía de allí. Corrí hacia la cocina, que estaba completamente vacía, y me quedé helado al mirar el suelo: unas tijeras grandes de trinchar pescado, de aquellas antiguas de acero grueso y macizo prácticamente irrompibles, habían saltado por los aires ellas solas desde la encimera y estaban en el suelo partidas en dos pedazos. Ninguna caída accidental puede partir un hierro de ese grosor; hacía falta una fuerza descomunal y directa para quebrarlas así. Tampoco el cuarto de control donde hicimos aquella maldita grabación se libró de las consecuencias. Poco tiempo después, una pesada estantería que llevaba años fija en la pared de aquella misma habitación se desplomó de golpe sin que nadie la rozara. Cuando fuimos a revisar los restos, comprobamos con un escalofrío que el taco no había cedido ni la pared se había desconchado: el tornillo había salido hacia fuera limpio del taco, exactamente igual que si unos dedos invisibles lo hubieran desenroscado o tirado de él en horizontal. Pero quizá el suceso más sombrío e inexplicable ocurrió tras regresar de un viaje de una semana fuera de aquel piso. Antes de marcharme, había dejado toda la vivienda cerrada a cal y canto: ventanas ajustadas, persianas bajadas y la puerta con llave. Era físicamente imposible que nada ni nadie entrara allí. Sin embargo, al volver y revisar el dormitorio, encontré debajo de mi cama el cuerpo sin vida de un gorrión. Nunca supimos cómo pudo aparecer aquel pájaro en el lugar más recóndito de una casa herméticamente cerrada. Viví con esa tensión constante durante veinticuatro meses interminables, hasta que, poco a poco, la actividad fue perdiendo fuerza y todo volvió por fin a la normalidad. Tiempo después, hablando en confianza con un buen amigo que conocía a fondo el mundo del misterio y la parapsicología, le relaté todo lo que me había ocurrido desde aquella noche de 1989. Su respuesta me dejó sin palabras, pero encajaba todas las piezas del rompecabezas: me explicó que el grave error había sido quemar la cinta. Al poner la grabadora en marcha y pedir una señal, habíamos lanzado una llamada en la oscuridad; algo acudió y dejó su huella en el casete. Al destruir la cinta con fuego presos del pánico, cortamos el canal de golpe y le dimos un portazo en la cara sin despedirlo, dejando esa energía atrapada y furiosa a nuestro alrededor. Hoy han pasado más de tres décadas de aquello. Sigo investigando y divulgando el misterio desde mi búnker, pero hay una línea roja que juré no volver a cruzar jamás: ni por todo el oro del mundo volveré a pulsar el botón de grabación de un aparato para buscar voces en el silencio. Porque sé de primera mano que, a veces, el silencio responde. (Continuará en la Parte III: La ciencia ante el misterio en la Cámara Anecoica de Vigo) Si te ha gustado este caso, no te puedes perder nuestro expediente sobre LA PSICOFONIA, PARTE I, donde analizamos otro fascinante misterio de nuestros archivos.