LA CONJURA DE 1705 Y EL ARCO DE LOS AHORCADOS
Clasificación: Relato del Administrador
Autor e Investigación: José Moreno Jiménez
Fecha de Documentación: 15 de mayo de 2026
Nos situamos en marzo del año 1705. España estaba sumida en plena Guerra de Sucesión, un conflicto sangriento que no solo dividía a las potencias europeas, sino que enfrentaba a hermanos en cada ciudad y pueblo de la península. Por un lado se encontraban las fuerzas borbónicas, partidarias del recién coronado Felipe V; por el otro, los defensores de la dinastía de los Austrias, leales al Archiduque Carlos. Granada figuraba formalmente alineada bajo el estandarte borbónico, pero tras las fachadas encaladas y los callejones intrincados del Albaicín, el descontento popular y la sedición crecían en la sombra. La noche gélida del 6 de marzo, una casona destartalada y medio en ruinas levantada junto a la antigua Iglesia de San Miguel se convirtió en un auténtico nido de lobos. Uno a uno, hombres embozados en capas pesadas de paño oscuro sorteaban las rondas de las patrullas reales para deslizarse hacia el portón de la vivienda. En el zaguán, un mozo fornido con un cuchillo de carnicero cruzado al cinto custodiaba la entrada con la mano firme sobre la empuñadura. Nadie franqueaba el umbral sin susurrar al oído el santo y seña pactado: —«España por el Archiduque». —«Adelante», respondía con voz ronca el guardián. En el sótano, bajo la luz mortecina de un farol de aceite que proyectaba sombras alargadas sobre la piedra húmeda, conspiraba una amalgama insólita: nobles hidalgos descontentos con la nueva dinastía francesa codo con codo con artesanos y campesinos del barrio. Estaban tramando una insurrección armada coordinada para tomar la Chancillería, derrocar a los corregidores borbónicos y abrir las puertas de la ciudad a las tropas imperiales del Archiduque Carlos. La conjura la encabezaban figuras de abolengo y peso social, entre ellos el Vizconde de Cardona, su secretario de confianza y un influyente caballero local conocido como Don Álvaro. Sin embargo, en una ciudad sitiada por las sospechas, los silencios duran poco y las piedras tienen oídos. Alguien filtró los planes a las autoridades leales a la Corona. Las crónicas de la época susurran que la delación no surgió de una tortura, sino de una confesión quebrantada en un confesionario de clausura. La respuesta de la justicia real fue implacable. En cuestión de horas, piquetes armados sellaron los accesos al Albaicín y ejecutaron una redada despiadada que no dejó cabecilla en pie. Meses después, con el rigor del verano andaluz castigando la colina, los vecinos despertaron ante una escena dantesca que congeló el aliento del vecindario. Del sobrio Arco de las Monjas, que conectaba el convento de las agustinas recoletas con los edificios contiguos, colgaban balanceándose al viento siete cuerpos inertes sujetos por gruesas sogas de cáñamo. Cinco eran hidalgos ataviados con sus ropas de paño fino y dos villanos del pueblo llano. Entre ellos pendían el Vizconde de Cardona, su secretario y Don Álvaro. Sobre el pecho de los ajusticiados, atravesado por hierros ensangrentados, habían fijado un cartel de escarmiento público que rezaba: "Por reos de lesa Majestad." Los cuerpos permanecieron expuestos a la intemperie durante días enteros bajo el calor sofocante como advertencia indiscutible. Cuando los alguaciles acudieron a cortar las maromas para retirar los restos ya descompuestos, varios testigos juraron escuchar quejidos apagados y lamentos que parecían brotar del propio mortero de la arcada. Desde aquel trágico 1705, el Arco de las Monjas quedó señalado por la tragedia. Quienes transitan bajo sus bóvedas a deshoras, cuando el viento frío baja de la sierra colándose por las callejuelas solitarias, afirman que en el aire aún se recortan sombras suspendidas en el vacío y que el silencio nocturno se rompe con el suspiro agónico de los siete conspiradores.
Documentación y Fuente Oficial: Consultar fuente original de la investigación