LA MUJER DEL RIO

Clasificación: Relato del Administrador

Autor: ADMINISTRADOR

Esta historia proviene directamente del testimonio de una persona muy cercana y de la más absoluta confianza. Es fundamental recalcar este punto, ya que el objetivo de dar a conocer estos relatos es dejar constancia de que son experiencias reales o que, al menos, quienes las vivieron las dan por completamente ciertas. Pueden tener una explicación lógica o pertenecer al terreno de lo inexplicable, pero la firmeza de los protagonistas demuestra que los hechos ocurrieron tal y como se describen, y no hay motivo alguno para dudar de su palabra. Con el tiempo, esta sección aspira a seguir creciendo con las vivencias de personas de nuestro entorno, manteniendo siempre una clara distinción si en algún momento se decide incluir un relato de ficción. Los hechos se remontan a una mañana cualquiera, alrededor de las doce del mediodía. En aquella época, las jornadas en el campo eran severas y las distancias se recorrían a pie. Una joven de la familia se dispuso a bajar hacia la zona del río con un propósito diario y cotidiano: llevarle el almuerzo a su padre. El hombre se encontraba en una de las parcelas cercanas a la ribera, entregado a la dura tarea de sembrar patatas, y esperaba lo que en el argot rural de entonces se conocía tradicionalmente como «la merienda», la comida necesaria para reponer fuerzas a mitad de la jornada. Para llegar hasta la finca, la mujer debía descender por una vereda de cuesta muy pronunciada que ofrecía una perspectiva limpia y panorámica de todo el valle y del terreno inferior. Mientras bajaba a paso ligero, la altitud le permitió distinguir con total claridad la figura de su padre a lo lejos, agachado y trabajando la tierra con el azadón. Sin embargo, no estaba solo. Justo al lado del hombre, a escasos metros de distancia, la joven observó la silueta de una anciana que permanecía completamente estática, observando cada uno de los movimientos del agricultor con un detenimiento y una fijeza absolutos. Debido a la distancia, los rasgos faciales no se apreciaban con nitidez, pero la estatura, las ropas oscuras, la postura y la complexión física le resultaron dolorosamente familiares. Parecía, sin lugar a dudas, su propia abuela; la madre de aquel hombre que trabajaba la tierra. Pero aquello desataba una contradicción imposible y terrorífica: esa anciana había fallecido al menos un año antes. La joven, conteniendo la respiración y con una mezcla de desconcierto y agitación en el pecho, apresuró el paso por la pendiente sin apartar los ojos de la escena hasta que los árboles de la ribera le taparon la visión directa durante los últimos metros del trayecto. Al llegar finalmente al llano, junto a la linde del cultivo, se aproximó a su padre y le entregó la cesta con la merienda. Intentando mantener la calma, miró a su alrededor buscando la figura de la anciana, pero allí solo quedaba el eco del viento entre las cañas del río. De inmediato, preguntó: —Padre, ¿quién era la mujer que estaba aquí mismo hace un rato contigo, parada a tu lado mirando cómo trabajabas? El hombre interrumpió su labor, se apoyó en el mango de la herramienta y la miró con profunda extrañeza. Con total naturalidad, le aseguró que allí no había estado nadie en toda la mañana, y le preguntó con preocupación si le ocurría algo, si el calor le estaba afectando o si simplemente se trataba de una broma de mal gusto. —No, no estoy bromeando —respondió ella de forma tajante y con una firmeza que heló el ambiente—. Estoy completamente segura de lo que he visto. La abuela estaba aquí mismo contigo hace apenas diez minutos. La he estado viendo durante toda la bajada y sé perfectamente que era ella. El encuentro dejó una incógnita suspendida en el aire de aquella parcela: la viva imagen de una madre que, un año después de partir, regresaba del olvido para colocarse en silencio al lado de su hijo, vigilando su descanso en la mitad de la jornada antes de desvanecerse sin dejar rastro.