LA VISITA EN LA ERA

Clasificación: Relato del Administrador

Autor: Pepe Moreno

Corría la dura y oscura década de los años cuarenta en la España rural de posguerra. Dos jóvenes hermanos se disponían a pernoctar a la intemperie, buscando descanso en una tradicional era donde los campesinos trillaban el trigo tras la larga siega. La noche se presentaba espectacular, fría y despejada. Una imponente luna llena, inusualmente grande y plateada, dominaba por completo el firmamento, derramando una luz fantasmal que perfilaba las sombras y a la vez iluminaba la noche casi como si fuera de día. El verdadero motivo de dormir allí, expuestos al relente, no era el romanticismo, sino la pura necesidad: eran tiempos de extremada escasez y de hambruna implacable. Se veían obligados a hacer guardias nocturnas para vigilar celosamente el preciado grano que, con tanto sudor, lágrimas y esfuerzo físico, habían conseguido reunir de su exigua cosecha. Cualquier descuido significaba el robo de su sustento para el invierno. Cuando por fin se dispusieron a hacer la "cama", acomodándose ásperamente directamente encima de la paja seca y crujiente, uno de ellos, el mayor, sintió un escalofrío repentino. Se incorporó bruscamente y, agarrando del brazo a su hermano con evidente agitación, le susurró aterrado: - ¡Mira allí! ¡Una vieja, una vieja se acerca! El hermano menor, sobresaltado, entrecerrando los ojos y escudriñando ansiosamente en la dirección que le señalaba el dedo tembloroso de su hermano hacia los límites de la era, contestó desconcertado: - ¡Yo no veo nada! ¿Dónde dices que está? Ambos hermanos, conteniendo la respiración, clavaron la vista en la penumbra por donde al mayor le había parecido distinguir, con total nitidez, la figura enlutada de una mujer de avanzada edad avanzando hacia ellos en silencio. Sin embargo, bajo la luz de la luna, el paraje estaba completamente desierto. No divisaron movimiento alguno, ni sombras anómalas. Intentando calmar los nervios traicioneros provocados por el cansancio y el miedo al robo, se encogieron de hombros y se dispusieron a intentar dormir de nuevo. Pero apenas pasaron unos minutos de tensa quietud, el silencio de la noche se rompió cuando el hermano menor gritó, incorporándose de un salto y empalideciendo: - ¡Siiiii, la he visto, la he visto ahora! ¡Está por ahí, se está moviendo! Los muchachos, criados en la crudeza del campo, eran valientes. Convencidos de que se enfrentaban a una amenaza terrenal, cogieron rápidamente una afilada horca de labranza de entre la paja y comenzaron a pinchar agresivamente los montones cercanos y los rincones más oscuros de la era. Los dos pensaban, aferrándose a la lógica, que podía ser un ladrón o algún vecino malintencionado disfrazado con harapos oscuros para amedrentarlos y robarles los codiciados sacos de trigo. Pero la frenética búsqueda resultó infructuosa. No hallaron rastro de intruso alguno. Justo en ese tenso instante de desconcierto, a lo lejos, desde la torre de la iglesia en la plaza del pueblo, el viejo reloj de campana rompió la calma de la llanura. Resonó profunda y melancólicamente la única y solitaria campanada que anunciaba, de forma inequívoca, la una en punto de la madrugada. Venciéndolos finalmente el cansancio de la faena y la tensión, se tumbaron de nuevo en la paja, durmiendo alerta, con el miedo metido en el cuerpo y prácticamente con un ojo abierto hasta el amanecer. A la mañana siguiente, con las primeras luces del alba, cuando llegó el relevo de la familia para sustituirlos en la guardia del grano, los hermanos no quisieron hablar de la aparición nocturna. Ensillaron apresuradamente la mula y emprendieron en silencio el camino de regreso al pueblo. Al llegar a su calle y enfilar hacia su humilde vivienda, el corazón les dio un vuelco. Se encontraron con un grupo numeroso de vecinos y familiares arremolinados en la puerta, con los rostros desencajados y expresión fúnebre. Nada más verlos desmontar, su madre se abrió paso entre la gente, deshecha en lágrimas, y corrió a abrazarles, comunicándoles la trágica noticia: su abuela acababa de fallecer esa misma noche. El hermano mayor, con la sangre helada en las venas recordando la macabra visión de la era, agarró a su madre por los hombros y le preguntó con un hilo de voz temblorosa: - Madre... ¿la muerte ocurrió a la una en punto de la madrugada, verdad? Ella le miró sorprendida, asintiendo lentamente a través de las lágrimas, y le contestó sollozando: - Sí, hijo mío, justamente a esa hora dio su último suspiro... ¿Cómo demonios puedes saberlo si estabais en el campo toda la noche? El joven, pálido como la cera, bajó la mirada y sentenció con una gravedad que heló a los presentes: - Porque, a esa hora exacta, ella vino hasta la era a despedirse de nosotros... Esta es una de las muchas historias reales que atestiguan que los vínculos de sangre a menudo desafían las barreras de lo físico, una leyenda familiar transmitida en susurros que nos recuerda que hay fronteras que ni siquiera la muerte puede contener.