LA PROCESION DE LAS ÁNIMAS
Clasificación: Relato del Administrador
Autor: ADMIN CENTRAL
En los escarpados y profundos barrancos de la Alpujarra, cuando la espesa niebla invernal sube implacable desde el fondo oscuro del valle y borra por completo los contornos de los viejos caminos de herradura, el silencio absoluto no significa que el monte esté vacío; es, en realidad, un susurro que hiela la sangre. Dicen los pastores y los habitantes más longevos de la comarca que hay noches muy específicas, justo cuando el frío cortante de la madrugada empieza a calar hasta los huesos, en las que los estrechos senderos de piedra que serpentean uniendo los recónditos pueblos se llenan de una procesión y una luz que, definitivamente, no son de este mundo terrenal. No estamos hablando de una procesión folclórica de santos patronos, ni de cofradías formadas por devotos de carne y hueso. Es la temida y legendaria Procesión de las Ánimas Benditas, la versión andaluza de la mítica Santa Compaña que recorre las montañas reclamando lo que es suyo. Cuentan los escasos testigos, aquellos desdichados que por necesidad o imprudencia se han quedado fuera del refugio del pueblo después del toque de queda natural que impone la oscuridad, que han visto surgir de la bruma una hilera interminable de sombras altas y desgarbadas. Estas entidades caminan en completo estatismo, vestidas con raídas túnicas y hábitos de un color ceniza que parece estar tejido con el mismo humo de las chimeneas. No llevan antorchas de fuego crepitante para iluminar su macabra ruta, sino que sostienen firmemente entre sus dedos, anormalmente largos y pálidos como el marfil, pequeñas velas de cera que brillan con una luz azulada y mortecina. Es una luminiscencia espectral que no desprende ni un ápice de calor y que resulta imposible de apagar, resistiendo impertérrita hasta las ráfagas del viento más fuerte que azota las cumbres de la Sierra. Lo que todo lugareño debe saber y respetar profundamente sobre este relato ancestral: El tintineo de la campana: El fúnebre desfile espectral siempre va encabezado por una figura solitaria a la que nadie ha logrado verle el rostro jamás. Su aproximación se anuncia únicamente por el sonido metálico y seco de una pequeña campanilla de plata, un constante y rítmico 'clinc, clinc' que marca de forma hipnótica el paso inexorable de los difuntos por la pedregosa vereda. El peligro inminente del testigo: Si tienes la enorme desgracia de que la procesión se cruce en tu camino, la regla transmitida por los antiguos de generación en generación es cristalina e inquebrantable: nunca, bajo ningún concepto, los mires directamente a los cuencos de los ojos. Debes tirarte al suelo inmediatamente, arrodillarte sobre la tierra húmeda, bajar la cabeza hasta tocar el pecho y rezar fervorosamente por el eterno descanso de sus almas atormentadas. Dicen las oscuras crónicas de la sierra que si un humano vivo comete la imprudencia de aceptar una de las velas que las ánimas le ofrezcan, al despuntar el alba comprobará con horror que el cirio de cera se ha convertido en un frío hueso humano, y esa persona quedará irremediablemente maldecida y condenada a fallecer en breve para encabezar la procesión la noche siguiente. Las Mandas Incumplidas: Es vital entender que estas ánimas errantes no regresan al plano de los vivos para causar daño de forma gratuita, sino para recordar y reclamar. Buscan desesperadamente a los familiares que, en el lecho de muerte, les prometieron misas, limosnas o mandas y que, por avaricia o negligencia, nunca llegaron a cumplirlas. A veces, en su peregrinaje, se detienen frente a la pesada puerta de madera de una casa en particular y dejan un inconfundible rastro de cera anormalmente fría en el umbral; es su silenciosa y aterradora forma de advertir a los moradores: 'No nos habéis olvidado, nos debéis algo'. En la Alpujarra, cuando los perros de los cortijos comienzan a aullar ininterrumpidamente de esa forma gutural que corta el alma, y el viento helado trae de repente un olor dulzón y penetrante a cera rancia mezclada con tomillo húmedo, los lugareños saben exactamente qué hacer: corren a atrancar bien las maderas de puertas y ventanas. Saben que, ahí fuera en la oscuridad, las ánimas están pasando lentamente por el camino real, cumpliendo su implacable y eterno viaje de penitencia entre los escarpados picos y los profundos barrancos.