LA LEYENDA DE JAIFA

Clasificación: Expediente de Agente

Autor: cesar

El rumor del agua bajando desde las cumbres de la Sierra no es un sonido cualquiera; es un eco viejo, un murmullo que arrastra el peso de los siglos. Quienes caminan de noche por el paseo que serpentea junto a su cauce juran que, si prestas suficiente atención, el río no corre, sino que habla. Cuentan los ancianos que, en los tiempos en que la media luna gobernaba los palacios de la colina, este río no solo traía agua cristalina, sino que sus arenas escondían un secreto brillante. Los antiguos pobladores, al ver los destellos dorados entre las piedras y las corrientes, repetían una frase que terminó por bautizar el lugar: «Da uro... ¡da oro!». De esa codicia y de esa bendición de la tierra, de ese constante prometer riquezas, el torrente terminó llamándose Darro. Un río que literalmente entregaba el metal de los reyes a quien supiera buscarlo. Pero el oro no era el único tesoro que custodiaba su ribera. En una de las estancias más escondidas que daban al río, vivía la sultana Jaifa. Su belleza era tan legendaria como esquiva; decían que sus ojos reflejaban la misma profundidad oscura de las noches sin luna sobre la Alhambra. Sin embargo, Jaifa vivía prisionera de un amor prohibido y de los celos de un sultán que prefería verla marchitarse antes que compartir su mirada con el mundo. Cada noche, cuando el silencio se apoderaba de la ciudad y solo quedaba el eterno cantar del agua, Jaifa se asomaba a una ventana de piedra que desafiaba al abismo del río. Desde allí, dejaba caer lágrimas mudas que, al mezclarse con la corriente del Darro, se transformaban instantáneamente en pepitas de oro puro por la fuerza de su dolor y su pureza. El río absorbía su tristeza y la devolvía en riqueza material, un cruel intercambio del destino. Una noche de tormenta, su amado intentó rescatarla trepando por las escarpadas paredes de la roca, justo por donde el río golpeaba con más fuerza. Jaifa, desesperada, estiró los brazos desde la ventana, desafiando a la gravedad y a las guardias. Pero el viento de la sierra fue traicionero. En un mal paso, el joven resbaló, perdiéndose para siempre en las embravecidas aguas del Darro. El grito de Jaifa desgarró la noche granadina, un lamento tan hondo que las mismísimas piedras de la muralla vibraron. Incapaz de soportar la pérdida, la sultana se lanzó al vacío, buscando el abrazo de su amor en el fondo del cauce. El sultán jamás encontró sus cuerpos. El río, celoso de sus secretos, los envolvió para siempre. Desde aquel día, el Darro dejó de dar oro de forma generosa a los hombres; el metal precioso se retiró a lo más profundo de las entrañas de la tierra, como si el río hubiera decidido que la riqueza ya no pertenecía a los vivos, sino a los amantes que duermen en su lecho. Hoy en día, cuando la niebla baja de la colina y envuelve el río, los que saben escuchar aseguran que el destello que a veces se ve bajo el agua no es oro... es el reflejo del alma de Jaifa, que sigue cuidando el cauce del río que "da oro", el eterno y misterioso Darro.