LA VERDADERA HISTORIA DE AMITYVILLE

Clasificación: Relato del Administrador

Autor: ADMINISTRADOR

El número 112 de Ocean Avenue, en Amityville (Long Island, Nueva York), es probablemente la dirección más famosa del cine de terror. Sus icónicas ventanas con forma de ojos y su silueta holandesa han protagonizado decenas de películas y novelas de terror. Sin embargo, detrás del mito de las paredes que sangran, los enjambres de moscas y las posesiones demoníacas, se esconde una realidad mucho más oscura, trágica y, sobre todo, un negocio puramente humano. Esta es la crónica que separa el verdadero crimen de la leyenda urbana. La noche de la matanza: El crimen real de los DeFeo La única verdad incuestionable y trágica de Amityville ocurrió la noche del 13 de noviembre de 1974. En esa gran casona vivía la familia DeFeo. El hijo mayor, Ronald DeFeo Jr., apodado "Butch", un joven de 23 años con serios problemas de adicción y un historial de violencia familiar, tomó un rifle Marlin de calibre .35 y asesinó a sangre fría a sus padres y a sus cuatro hermanos menores mientras dormían. El caso desconcertó a la policía de Nueva York por varios detalles que aún hoy generan debate en la crónica negra. Las seis víctimas fueron encontradas en sus respectivas camas, todas boca abajo y con los brazos extendidos. Ninguna de las víctimas presentaba signos de haber sido sedada o drogada antes del ataque. Además, a pesar de que el rifle utilizado no llevaba silenciador y provocó un ruido atronador en mitad de la noche, ningún vecino de la apacible urbanización escuchó un solo disparo. Ronald DeFeo cambió de versión en innumerables ocasiones durante el juicio, llegando a alegar que unas voces en la casa le ordenaron matar. Finalmente fue condenado a seis penas consecutivas de cadena perpetua y falleció en prisión en marzo de 2021. El mito paranormal: Los 28 días de los Lutz Un año después del terrible crimen, en diciembre de 1975, el matrimonio formado por George y Kathleen Lutz compró la casa por un precio muy inferior al del mercado. Se mudaron allí con sus tres hijos, pero su estancia duró apenas 28 días. Los Lutz huyeron del lugar asegurando que la vivienda estaba maldita por fuerzas del más allá. Entre los supuestos fenómenos que relataron a la prensa, afirmaban que George se despertaba sistemáticamente cada noche a las 3:15 de la madrugada (la hora estimada de los asesinatos), que las paredes supuraban una sustancia verde viscosa, que aparecían nubes de moscas en pleno invierno y que las puertas y ventanas se abrían y cerraban solas con violencia. Estas vivencias dieron pie al famoso libro de Jay Anson y a la posterior saga cinematográfica que aterrorizó al mundo entero. El pacto y el fraude al descubierto La verdad detrás del "Expediente Amityville" salió a la luz años más tarde de la boca de uno de sus propios protagonistas. William Weber, el abogado defensor del asesino Ronald DeFeo, confesó públicamente que todo el relato paranormal había sido un burdo montaje. Weber admitió que él y los Lutz se habían sentado una noche a idear la historia de fantasmas acompañados de varias botellas de vino. El plan era perfecto para ambas partes: al abogado le servía para intentar reabrir el caso de su cliente alegando enajenación mental por causas demoníacas, y a la familia Lutz, que pasaba por apuros económicos severos, les proporcionaba una vía rápida para lucrarse con los derechos de autor del libro y la película. Investigadores escépticos y periodistas demostraron que los daños materiales que los Lutz describían en la casa jamás existieron y que las fotos de supuestos espectros tomadas por los demonólogos Ed y Lorraine Warren estaban manipuladas. La prueba definitiva de que la casa no alberga ninguna maldición radica en su historia posterior. Desde la marcha de los Lutz en 1976, cuatro familias distintas han habitado la vivienda a lo largo de las décadas. Ninguna de ellas ha reportado jamás el más mínimo incidente paranormal. El único y verdadero calvario que sufren los inquilinos actuales es el acoso constante de los turistas y curiosos, lo que obligó a cambiar el número oficial de la calle y a remodelar las famosas ventanas para borrar el rastro del mito. Amityville no fue el escenario de una posesión, sino de una espantosa tragedia familiar convertida en uno de los negocios más rentables de la historia del entretenimiento.