EL PASAJERO DEL ASIENTO DE ATRÁS

Clasificación: Relato del Administrador

Autor: ADMINISTRADOR

El uniforme del Cuerpo Nacional de Policía te enseña a desconfiar de las sombras, a medir las distancias y a leer las intenciones de la gente en una sola mirada. Manuel llevaba unos años patrullando en la gran ciudad, lidiando con la dureza de la calle a finales de los ochenta, y se consideraba un tipo duro. Alguien a quien no se le escapaba un detalle. Pero nada de la academia te prepara para que el suelo se abra bajo tus pies. Aquella tarde de domingo de 1988, Manuel dejaba atrás San Pedro de la Sierra a bordo de su Talbot Horizon. Había ido a pasar el fin de semana con sus padres, a desconectar del asfalto y a respirar el aire limpio del pueblo. El sol ya empezaba a esconderse tras los tajos de la montaña, tiñendo la carretera de un tono grisáceo y frío. Le esperaban unos 23 kilómetros de curvas y asfalto solitario antes de llegar a la capital. Justo a la salida del pueblo, pasando la vieja báscula de pesaje, Manuel divisó una silueta a un lado de la calzada. Un hombre mayor, con su gorra de paño y una chaqueta que le quedaba algo grande, caminaba a paso lento bajo la débil luz crepuscular. Al acercarse, los faros halógenos del coche iluminaron su rostro. —¿El tío Julián? —murmuró Manuel para sí mismo, reconociendo al viejo vecino de toda la vida. Frenó en el arcén, estiró el brazo y bajó la ventanilla dándole a la manivela. —¡Tío Julián! Buenas tardes. ¿Dónde va usted a estas horas con el frío que hace? —Hola, Manolillo —respondió el viejo, con una sonrisa cansada y la voz un poco ronca—. Voy para la ciudad, hijo. Tengo que arreglar unos papeles mañana temprano y quería quedarme ya allí en casa de mi sobrina. —Súbase, hombre, no va a esperar usted al coche de línea a estas horas. Yo voy para allá. El anciano agradeció el gesto con un hilo de voz, abrió la puerta trasera y se acomodó en el asiento de detrás del copiloto. El pestillo bajó con un golpe seco. El viaje comenzó mientras en la radio sonaba una cinta a bajo volumen. Durante la primera mitad del trayecto, la conversación fue de lo más normal. Hablaron de las cosechas, del frío que ya se metía en los huesos y de los viejos tiempos. —Aún me acuerdo de verte correr en pantalón corto por la plaza de la iglesia, Manolillo —decía el tío Julián desde atrás, con una risita nostálgica—. Quién te iba a decir que terminarías siendo policía. El tiempo vuela, hijo. Vuela que da miedo. Manuel lo miraba de reojo por el espejo retrovisor interior. El reflejo era difuso por la falta de luz en la carretera, pero allí estaba el viejo, con las manos apoyadas en las rodillas, mirando fijamente hacia delante. A Manuel le llamó la atención que la calefacción del Horizon parecía no dar abasto; un frío inusual y denso se había instalado en el habitáculo, obligándole a mover la palanca del aire al máximo. Al cabo de unos veinte minutos, los bloques de pisos de la entrada de la ciudad empezaron a engullir la carretera. El tráfico se volvió más espeso y Manuel tuvo que concentrar toda su atención en los carriles y los intermitentes. El tío Julián se quedó en completo silencio. Al llegar a la gran avenida principal, el primer semáforo se puso en rojo. Manuel detuvo el coche por completo bajo la luz anaranjada de las farolas de vapor de sodio. El silencio dentro del coche era absoluto, solo roto por el ralentí del motor. —Bueno, tío Julián, ya estamos aquí. Dígame dónde le viene bien que lo de... Manuel se giró en el asiento del conductor mientras hablaba, apoyando el brazo en el respaldo para mirar hacia atrás. El asiento estaba vacío. La gorra de paño no estaba. La chaqueta grande no estaba. No había nadie. Manuel se quedó paralizado, con el corazón golpeándole las costillas como un martillo. Miró hacia el suelo del coche, hacia el espacio entre los asientos. Nada. Volvió la cabeza hacia la puerta trasera derecha: el pestillo estaba bajado. La puerta estaba perfectamente cerrada. Era imposible haberla abierto sin escuchar el tremendo golpe del aire, el pestillo subiendo o el ruido de la cerradura. Nadie podía haber bajado en marcha, y en el semáforo apenas llevaba parado unos segundos. El coche de atrás le dio un bocinazo; el semáforo se había puesto en verde. Manuel, temblando como una hoja y con un sudor frío empapándole la camisa del uniforme, aceleró como pudo y condujo directo a su piso. Subió las escaleras de tres en tres, entró y echó el cerrojo de la puerta. Temblando, cruzó el pasillo a oscuras hasta llegar al teléfono fijo que estaba sobre la mesita de la entrada. Levantó el auricular y, con el dedo índice torpe por el pánico, marcó el número de la casa de sus padres en la rueda de baquelita. El chasquido del disco volviendo a su posición central se le hizo eterno. Tardaron cuatro tonos en responder. —¿Mamá? ¿Papá? —la voz le salió quebrada. —¿Manolillo? ¿Qué pasa, hijo? ¿Has llegado ya? —preguntó su madre al otro lado del hilo telefónico. —Sí, sí, he llegado... Escuchadme, una pregunta. He recogido al tío Julián a la salida del pueblo y lo he traído en el coche, pero ha pasado algo rarísimo, se me ha... —Hijo, por Dios, no digas esas cosas —le interrumpió su madre, con un tono de voz que de golpe se volvió grave y cortante. —Que no son tonterías, mamá, que ha venido hablando conmigo en el asiento de atrás, de cuando yo era chico y... —Manolo, cállate —esta vez fue su padre quien le quitó el auricular a su madre, con la voz temblorosa—. Deja de jugar con esas cosas. El tío Julián murió de un infarto hace tres meses. Lo enterramos en el cementerio del pueblo una tarde de marzo. Manuel se quedó escuchando el tono de línea cortada. El auricular se le resbaló de los dedos y quedó colgando del cable rizado, golpeando suavemente contra la pared en mitad de la noche. Aquel policía, acostumbrado a los peores escenarios del asfalto, se sentó en el suelo del pasillo, escondió la cabeza entre las rodillas y rompió a llorar. Hoy, Manuel sigue de baja psicológica. Ha entregado la placa y el arma reglamentaria. Fuma un cigarrillo tras otro mirando por la ventana, atrapado en un bucle infinito, repitiendo la misma pregunta que le carcome la mente cada noche: Si el tío Julián llevaba tres meses bajo tierra... ¿quién demonios iba sentado en el asiento de atrás de mi coche?