LA SOMBRA DEL CALLEJÓN DE LAS MONJAS
Clasificación: Relato del Administrador
Autor: ADMINISTRADOR
Hay rincones en el Albaicín donde el tiempo no corre; se pudre. Quienes conocen bien la noche granadina saben que, pasadas las tres de la madrugada, hay calles que es mejor no cruzar. El Callejón de los Desamparados es uno de ellos. Un sumidero de piedra empedrada y muros encalados que, cuando la niebla sube desde el río Darro, parece estrecharse hasta asfixiar a quien se atreve a adentrarse en él. Carlos no creía en las advertencias de los viejos del barrio. Volvía a casa tarde, cansado, con el eco de sus propios pasos como única compañía. Al girar la esquina del callejón, el aire se volvió gélido de golpe, congelando el aliento en sus labios. El alumbrado público empezó a parpadear con un zumbido eléctrico agonizante, hasta que la última farola se apagó, sumergiendo la calle en una oscuridad densa como el alquitrán. Fue entonces cuando lo oyó. Un sonido seco, rítmico. Clac... clac... clac... No eran pasos humanos. Era el sonido de algo arrastrándose, unas uñas largas y calcificadas rascando las piedras húmedas del suelo. Carlos apresuró el paso, pero la distancia parecía no acortarse; el callejón se estiraba de forma imposible frente a él. Miró hacia atrás de reojo. Entre la penumbra, una silueta extremadamente alta y delgada se recortaba contra la pared. No tenía un rostro definido, solo una oquedad oscura donde deberían estar los ojos y unas extremidades desproporcionadas que se movían con una elasticidad antinatural. La criatura no caminaba; se dislocaba a cada avance, pegada a las fachadas de las casas coloniales, descendiendo hacia él como una araña humana. El pánico le atenazó las piernas. Intentó gritar, pero el frío le había robado la voz. Corrió con el corazón golpeándole las costillas, oyendo el clac-clac cada vez más rápido, pegado a su espalda. Sentía el hedor a humedad y a tierra húmeda de cementerio inundándole los pulmones. Justo cuando una mano helada y esquelética rozó la nuca de su cuello, Carlos tropezó y cayó al suelo, cerrando los ojos esperando el final. El silencio regresó de golpe. Al abrirlos, la luz de la luna volvía a bañar el empedrado. No había nada. Solo una marca profunda de arañazos grabada a fuego en la madera de la puerta que tenía a su lado, y el frío eterno que, desde esa noche, jamás ha vuelto a abandonar su cuerpo.