EL LLANTO DE LA SEDA NEGRA: EL FANTASMA DEL ZAGAL EN GUADIX

Clasificación: Relato del Administrador

Autor: ADMINISTRADOR

Las tierras accitanas guardan secretos que el tiempo no ha logrado borrar. Entre las imponentes cuevas de Guadix y las sombras de su alcazaba, los viejos del lugar todavía susurran una leyenda que hiela la sangre durante las noches de invierno: la aparición de la dama de la seda negra y el lamento del Zagal. Para entender este expediente, hay que viajar en el tiempo hasta finales del siglo XV, en los últimos años de la Reconquista. El Zagal (Muhammad XII), tío de Boabdil y uno de los guerreros más feroces del Reino Nazarí de Granada, convirtió a Guadix en su bastión de resistencia. Cuenta la crónica apócrifa que, antes de entregar la ciudad a los Reyes Católicos en 1489, el Zagal ordenó ocultar un inmenso tesoro en los pasadizos subterráneos que conectaban la alcazaba con los palacios árabes. Pero el precio de proteger el oro fue la sangre. La leyenda asegura que una de las jóvenes de la corte, prometida de un noble caballero morisco, descubrió el escondite. Para evitar que el secreto saliera a la luz, los hombres del Zagal la emparedaron viva en las profundidades de la roca, vestida con sus mejores galas: un traje de finísima seda negra. Desde aquel fatídico día, el pasadizo quedó sellado, pero el alma de la joven jamás abandonó Guadix. A lo largo de los siglos, numerosos testigos (desde soldados de la época napoleónica hasta vecinos de las cuevas en pleno siglo XX) afirman haber presenciado la misma escena terrorífica. En las noches más cerradas, una figura femenina, esbelta y envuelta por completo en un ropaje de seda negra que parece flotar, camina lentamente por los alrededores de la alcazaba. Quienes se han cruzado con ella describen un detalle que jamás olvidarán: la figura no emite sonido al andar, pero el aire a su alrededor se vuelve gélido y del interior de su velo brota un llanto desgarrador, un lamento ahogado que corta la respiración. Dicen que el crujido de la seda negra al arrastrarse por las piedras de Guadix es el aviso definitivo de que la muerte o la desgracia ronda a quien la observa. ¿Busca justicia la dama emparedada, o sigue custodiando el tesoro maldito que el Zagal dejó enterrado bajo el suelo accitano?