EL EXORCISMO DEL ALBAICÍN: LOCURA Y TRAGEDIA EN EL CORAZÓN DE GRANADA

Clasificación: Relato del Administrador

Autor: ADMINISTRADOR

La historia del barrio del Albaicín, en Granada, está profundamente ligada a la belleza de sus calles empedradas, a sus cármenes y a su herencia andalusí. Sin embargo, bajo esa capa de indudable atractivo cultural se esconden también pasajes oscuros y trágicos que conmocionaron a todo un país. El más siniestro de ellos ocurrió a finales del mes de enero de 1990, en el corazón mismo del barrio histórico, en una de sus angostas y empinadas calles. Lo que comenzó como un intento desesperado de curación espiritual terminó convirtiéndose en uno de los crímenes más escabrosos y macabros de la crónica negra española: el conocido como el exorcismo del Albaicín. Este suceso supuso un duro golpe para la opinión pública de la época, revelando cómo la superstición extrema, la ignorancia y la histeria colectiva podían llegar a anular por completo la razón de un grupo de personas hasta el punto de infligir un sufrimiento indescriptible a un ser querido. La Reunión en la Calle San Luis: El Origen de la Ofuscación Los trágicos hechos tuvieron como escenario el número 39 de la calle San Luis, una vivienda situada en la parte alta del Albaicín. En esa casa residía parte de la familia Guardia, un clan familiar profundamente religioso y con una arraigada creencia en lo sobrenatural y el espiritismo. Días antes de la tragedia, la familia se encontraba sumamente inquieta debido a una serie de fenómenos que ellos consideraban paranormales, atribuyendo las anomalías de la vivienda a la supuesta presencia espiritual de un sobrino fallecido a temprana edad. Buscando una solución a su angustia, acudieron a una espiritista local, quien les aconsejó celebrar una comida familiar para calmar al espíritu y lograr que el pequeño difunto descansara en paz. Dicha reunión tuvo lugar a finales de enero de 1990. A la cita acudió Encarnación Guardia Alonso, de 36 años, una mujer que acababa de regresar de Francia, donde se ganaba la vida trabajando como limpiadora en un establecimiento hotelero. Encarnación sufría ciertos desequilibrios de salud mental y arrastraba una profunda inestabilidad emocional, lo que la convertía en una persona sumamente vulnerable ante la sugestión del entorno. Tras concluir la comida familiar, la mayoría de los asistentes abandonó la vivienda de la calle San Luis. Sin embargo, Encarnación decidió quedarse junto a sus primas, Isabel y Enriqueta Guardia Alonso. Fue en ese aislamiento donde la atmósfera de autosugestión y fanatismo comenzó a cerrarse sobre ellas. Convencidas de que Encarnación no sufría una crisis nerviosa común, sino que albergaba una presencia maligna en su interior, las primas decidieron buscar ayuda externa de una figura controvertida en el barrio. El Ritual del Pastelero: Del Espiritismo a la Agresión Para solventar la supuesta posesión, recurrieron a Mariano Fuentes, un vecino de Granada de 39 años conocido popularmente como El Pastelero. Este hombre, fuertemente influido por lecturas esotéricas mal digeridas y un misticismo fanático, se presentaba ante los demás como un sanador dotado de poderes divinos. Mariano acudió a la casa de la calle San Luis convencido de su papel como elegido para batallar contra las fuerzas del inframundo. Al llegar a la vivienda el 30 de enero de 1990, El Pastelero comenzó el supuesto ritual de liberación. Para desatar el poder del espíritu y obligarlo a manifestarse, Mariano suministró a la víctima un brebaje casero compuesto por una ingesta masiva de agua con sal. Esta solución no tenía ninguna propiedad curativa; por el contrario, provocó en el organismo de Encarnación una deshidratación celular inmediata y severa, sumiéndola de forma paulatina en un estado de confusión y semiinconsciencia. Lejos de detenerse al ver que el estado físico de la mujer empeoraba rápidamente, Mariano y las primas interpretaron su postración y sus balbuceos como la confirmación de que el demonio estaba luchando por no abandonar el cuerpo. El delirio compartido se apoderó de todos los presentes en la habitación. Durante horas, Encarnación fue sometida a una violencia física inusitada. Los participantes en el ritual se subieron sobre su abdomen, presionándola con las rodillas y los pies para tratar de expulsar al maligno de sus entrañas. La situación escaló hacia un ensañamiento indescriptible cuando, bajo la creencia ciega de que el diablo había dejado embarazada a Encarnación o de que el mal se alojaba de forma física en su aparato reproductor, le infligieron gravísimas mutilaciones y desgarros internos en las zonas genital y anal. El Trágico Desenlace y la Intervención Médica A lo largo del día 31 de enero, la salud de Encarnación Guardia se extinguió casi por completo. La mujer yacía moribunda en una cama, tapada con mantas, mientras sus familiares y El Pastelero continuaban con los rezos y las invocaciones en la estancia. Algunos miembros de la familia que pasaron por la casa e intuyeron la gravedad de la situación rogaron trasladar a Encarnación de urgencia a un centro hospitalario. Sin embargo, Mariano Fuentes prohibió tajantemente que se llamara a las asistencias médicas, argumentando que la intervención de la ciencia arruinaría el proceso espiritual y que el ritual solo podía culminar con la muerte de la entidad maligna. Finalmente, en la tarde del 1 de febrero de 1990, ante la extrema gravedad de Encarnación, que ya se encontraba en un estado de coma profundo, su hermana forzó su traslado inmediato al Hospital Clínico de Granada. Desafortunadamente, la ayuda médica llegó demasiado tarde. A las pocas horas de ingresar en el centro médico, Encarnación Guardia Alonso falleció debido al colapso generalizado de sus órganos. El parte del forense reflejó una realidad dantesca. La autopsia determinó que la causa principal de la muerte fue un coma hiperosmolar, consecuencia directa de la ingesta masiva de sal a la que había sido obligada. Asimismo, el informe detallaba un gravísimo desgarro vaginal y anal con rotura de esfínteres, además de múltiples contusiones, hematomas y heridas por todo el cuerpo, fruto de la tremenda presión física que ejercieron sobre ella durante las interminables horas que duró el falso exorcismo. El Juicio y el Veredicto Forense El caso del exorcismo del Albaicín despertó una inmensa expectación mediática y conmocionó a los granadinos, que no daban crédito a que semejantes ritos medievales se practicaran en pleno año 1990. La policía detuvo de inmediato a Mariano Fuentes, a las hermanas Isabel y Enriqueta Guardia Alonso, y a Josefa Fajardo Guardia, otra de las parientes implicadas en la nefasta sesión espiritista. Durante la vista oral, celebrada en marzo de ese mismo año en la Audiencia Provincial de Granada, la defensa de los acusados argumentó que estos habían actuado bajo un estado de enajenación mental transitoria provocado por un delirio místico compartido. Los informes psiquiátricos forenses confirmaron que los procesados presentaban una notable ofuscación y turbación del estado de ánimo, cegados por la superstición y el pánico a lo invisible. Finalmente, el tribunal descartó la acusación de homicidio formulada por el Ministerio Fiscal, al considerar que los acusados no tenían un ánimo directo de matar a Encarnación, sino de liberarla de su supuesta posesión, procediendo a juzgarlos por un delito de lesiones en concurso con imprudencia temeraria con resultado de muerte. La Audiencia Provincial condenó a Mariano Fuentes, Isabel Guardia y Enriqueta Guardia a una pena de 5 años de prisión. Por su parte, Josefa Fajardo fue condenada a 2 años y medio de cárcel debido a su menor grado de implicación directa en las agresiones físicas. Mariano, El Pastelero, obtuvo la libertad condicional tras cumplir la mitad de su condena en la prisión de Granada, dejando tras de sí uno de los expedientes más sobrecogedores, trágicos y enigmáticos de la historia negra de Granada.